Záratek

Miraba la noche atravez de la única ventana abierta de la oficina. No tenía muchas ganas de terminar de escribir, pero si no lo hacía estaría en serios problemas al día siguiente.

La vida como reportero no es fácil, y no hablo de reportero como los que escriben noticias… no, sino un pobre diablo escribiendo reportes kilométricos en Excel sobre cuentas y números que al final nadie lee.

Reportero, vaya broma. Porque justo era eso, una broma nacida en el corazón de una oficina donde todos estábamos destinados a vagar sin nunca ser nadie y sintiéndonos “felices” de ya no estar al teléfono tomando apuestas.

Ahí estaba yo, a esas horas de la madrugada. Al menos el frío no me dejaba dormirme, bastante molesto estuvo mi jefe la vez que me encontró babeándole las letras al teclado de la Q a la M.

En esos rumbos viajaba mi mente cuando la vi entrar por la ventana abierta. Una paloma plateada, aleteando torpemente, chocó contra la silla frente a mí. Me tocó restregarme los ojos para asegurarme que no me había quedado dormido. El asunto se tornó más inverosímil cuando un hombre blanco, fornido, de pelo negro y vestido de brillantes colores entró por la ventana de un brinco y bastante apurado se dirigió al lugar donde había caído la paloma.

Definitivamente tenía que estar soñando. “Esta vez sí me  van a despedir”, pensé.

–Ya os he pedido mil veces que por favor no juguéis con los humanos, Zárate –dijo el hombre con un marcado acento español y cara de desaprobación–. Es hora de irnos a casa a terminar el tejido, de otro modo os vas a desquitar conmigo mañana cuando lo recordéis.

El nombre Zárate me retumbó en los oídos inmediatamente, y el retumbo no se quedó ahí, sino que comenzó a hacer vibrarme el pecho y parecía extenderse hasta los muebles cercanos que temblaban como en medio de un terremoto. Tan pronto como amainó el retumbo sentí los oídos calientes y llevándome instintivamente las manos los dedos se me llenaron de sangre.

–Reales, ya te he dicho antes que no me arruines la noche –dijo una voz aparentemente humana que provenía de la garganta de la paloma aún en el suelo– ¿No ves que estaba a punto de intentar un truco nuevo?

Yo me miraba las manos cubiertas de sangre. No podía comprender lo que pasaba a mi alrededor.

La paloma se estremeció ligeramente y comenzó a estirar las alas, con aires de echar a volar, pero en vez de volar siguió estirándose más y más hasta que en medio de las plumas plateadas surgió una joven hermosa, de pechos desnudos y largo cabello negro.
No tengo idea en qué momento me puse en pie, solo sé que mientras ella caminaba contoneándose, yo me dejaba llevar a ella al mismo ritmo. Nos acercábamos en  alguna danza erótica perdida en el tiempo, como cuando las aves se bailan y cantan la una a la otra.

Nos tocamos con las puntas de los dedos lentamente. Yo estaba completamente atrapado en un trance, atrapado por sus ojos negros. Comencé a besar cada uno de sus dedos. El sabor, intoxicante, me recordaba una cierta mezcla de algodón de azúcar con ron.

–¿No creéis mi señora, que ya más de una decena de hombres en una noche es pecar de glotonería? –dijo el que ella llamó Reales, rompiendo de un golpe el trance que me envolvía.

En ese instante pude ver bien a los ojos de Zárate, dos puñados negros sin alma, profundos y vacíos. Su cara seguía siendo la misma, pero vista tan de cerca tenía algo fuera de lugar a lo que yo no podía ponerle nombre. Ella hablaba y se movía correctamente sin embargo por más que se pareciera a un humano tenía este mismo je ne sais quoi que en vez de hacerla ver creíble la convertía en algo repulsivo.
Zárate notándome fuera de su poder me tomó fuertemente por el brazo. Pude sentir como la vida se me drenaba de la piel de todo el cuerpo en dirección a su mano. En ese preciso momento recordé que el nombre Zárate se lo escuché a mi abuelo de niño cuando me asustaba con las brujas de Aserrí. Todos los comentarios del tal Reales tomaron sentido, mi abuelo estaba equivocado con esta bruja, que no era bruja sino súcubo. Una mujer demonio que se alimenta de la fuerza de los hombres que seduce.

Intenté forcejear mi brazo para liberarme de su enganche, pero estaba aferrada a mí con fuerza sobrehumana. Me miraba directamente a los ojos mientras me chupaba la vida de a pocos.

–Vaya –dijo ella depronto–, tienes razón Reales, estoy demasiado llena.
Y tan sorpresivamente como me tomó, me dejo ir. Se dio vuelta y comenzó a caminar hacia la ventana.

–Si tan sólo os vierais así de bella moza todo el tiempo –murmuró el joven Reales entre suspiros de desaliento.

–Me gustas mas cuando estás callado –respondió fríamente el demonio, deteniéndose en su camino hacia la ventana, y volviéndose a él hizo un gesto como el de halar bruscamente de una cuerda imaginaria. En ese instante apareció en el cuello de Reales una fina cuerda dorada, y acorde con el gesto el pobre cayó de rodillas de inmediato.

Reales se levantó sumiso y sin atreverse a decir una palabra más saltó fuera de la ventana.

Zárate me lanzó una última mirada, directa y pesada de magia,  que me dio en pleno pecho. Pude sentir mis manos estirarse y mis piernas ponerse ligeras. Zárate salió de un brinco por la ventana y yo inconscientemente salté detrás, sintiéndome paloma.
Muy tarde recordé que estábamos en un quinto piso.

-FIN-

Este trabajo esta protegido bajo la licencia de propiedad intelectual: Atribución-No Comercial-Sin Derivadas. Este trabajo puede ser usado mientras de crédito al autor, no puede ser usado para recibir ganancias ni puede modificarse.

2 responses

23 02 2010
LuIsA

wowowowow amo esta pagina por historias tan geniales y emotivas como esta

23 02 2010
Sho

Interesante el cambio de bruja a sucubbus, pobre reportero jaja buen final

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