Pueden llamarle Ishmael

Pueden llamarle Ishmael, o llámenle como quieran: a él ya no le importa.

Las gotas de sudor se mezclaban con las manchas café-rojizas del escritorio, charquitos asquerosos mojaban el papel aunque lo moviera a cuanto espacio libre tenía la mesa enclenque. No es que la mesa tuviera espacios limpios, mas bien eran los menos sucios y medio utilizables.

Intento concentrarse en algo que no fuera el maldito dolor de espalda; debía terminar otra hoja antes de que sonara la campana. La búsqueda de adjetivos nuevos era vana, ya los había usado todos en esta plana… dos veces. Mucho tiempo atrás había tenido un espíritu que juraba inquebrantable, había escrito palabras inteligentes y osadas que se despedazaron al igual que su espalda bajo el peso del látigo. Ese era el precio a pagar y alguna vez pensó que valía la pena: llenar hojas interminables de oraciones idiotas a cambio de su sueño más profundo.

Se tomó un segundo para releer la hoja: contenido inútil y sin sentido, adjetivos reiterantes, dialogo circular y vacio al igual que otros cientos que descansaban amontonados en el suelo. Solo un par de líneas mas, un par de líneas y tendría un descanso, unos segundos lejos de los párrafos imbéciles que también tenían precio.

Quiso moverse en la silla pero la cadena traqueteo y se quejo alrededor de los grilletes en sus pies. Captó el movimiento con el rabillo del ojo un segundo antes de registrar el dolor intenso en su brazo. La figura amorfa que habitaba detrás de él no tenía clemencia, no era su culpa, solo era parte de la descripción laboral.

¡CLANG! – sonó la campana que no venía de ningún lado pero parecía estar en cualquiera.

La última línea escrita en medio de manchas vomitivas, suficientes para evitar castigo físico y suficientes también para querer suicidarse si no estuviera ya muerto. Allí no habían medias tintas, nada realmente era gratis y todo se paga de una manera u otra.

“He estado demasiado tiempo aquí” pensó mientras tomaba el cuchillo aparecido frente a la ultima hoja escrita. Una vez creyó que una eternidad en el infierno valía la pena, a cambio de haber escrito una gran obra aunque fuese solo una. Su obsesión con escribir una gran obra comparada únicamente con la de Ahab y su ballena. Si se concentraba lo suficiente aun sentía el sabor del éxito del día que cerró el trato más vinculante de su vida antes y después de la misma.

Se hizo un corte en la muñeca mientras balanceaba el tintero debajo; el flujo de la sangre lo llenó rápidamente. Una vez mas la campana; señal de tomar la pluma, mojarla en el tintero y comenzar de nuevo.

2 responses

1 07 2011
Francisco

Me gusta mucho Adri… Siempre creo que lo dantesco es una fuente inagotable de historias.

31 07 2012
maytee la mas cool

muy bueno me encanta

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