La gente pequeña

Tenía  una hora caminando por el parque. Dando vueltas sin rumbo se rascaba la cabeza con una mano mientras que con la otra aferraba las hojas a su pecho. Intentó recordar el propósito de los papeles, algo importante en definitiva, sin embargo se le escabullía entre la confusión.

“Todo se pierde, todo se pierde…”, pensaba continuamente.

Miró al cielo, probablemente ya era momento de volver, pero no tenía fuerzas para regresar a la oficina. Marcos se los imaginaba hablando alrededor de su cubículo vacío durante su ausencia, burlándose, regocijándose de su miseria.

La idea surgió en medio de la vaguedad de sus pensamientos: debía comprar algo antes, pero en ese instante no recordaba qué. A pesar de no acordarse fijó su rumbo al supermercado más cercano. La vista de los cigarrillos en el estante lo llenó de propósito y sin vacilar compró siete cajetillas.

Al salir notó que oscurecía rápidamente, pero a pesar de tener miedo a llegar tarde se detuvo a contar de nuevo las siete hojas que llevaba en la mano, preocupado de que se le perdiera alguna.

“La gente es tonta”, pensó luego de contar las hojas, “viven la vida como ciegos y sordos, negándose a ver las cosas más allá de sus narices”.  Comenzó a caminar, pero los pies le temblaban a cada paso.

Ellos lo estaban esperando, y cuando se refería a ellos no hablaba de sus molestos compañeros de trabajo. No, ellos no, sino ellos. Ellos le habían estado haciendo su vida miserable.

Llegó  a su edificio y las puertas eléctricas se abrieron frente a él. Recibió agradecido la oleada de aire acondicionado proveniente de adentro.

Con cara de disgusto miró el salón principal, un lugar sucio y desordenado al igual que la gente en él. Apretó  el botón del cuarto piso siete veces. Siete, el número correcto, el único número aceptable.  Por eso odiaba que ellos se robaran sus cosas cuidadosamente numeradas, su delicado equilibrio estaba siendo perturbado.

Las miradas comenzaron tan pronto como salió del ascensor.

“Pero la tortura termina hoy” creyó Marcos vehementemente. No pudo evitar sonreír al ver las cajetillas en la bolsa, ahora recordaba lo que debía hacer. Se dirigió a su escritorio evitando mirar a nadie, riéndose en voz baja por la anticipación.

Se quitó su vieja suéter café y la apoyó contra el respaldar de su silla, puso las hojas sobre sus regazos y saco los cigarrillos. Uno por uno saco cada cigarro, escarbándole el tabaco y echándolo de nuevo dentro de la bolsa.

Con todo el tabaco listo dentro de la bolsa, comenzó a leer de nuevo los papeles buscando instrucciones de cómo deshacerse de ellos.  Se levantó de la silla y comenzó a hacer malabares: puñitos de tabaco por aquí, puñitos de tabaco por allá.

Siete montículos repartidos a intervalos regulares en la entrada de su cubículo.

–Eso debe ser suficiente –comentó para sí aliviado.

Iba a sentarse en su silla y admirar su trabajo, cuando se dio cuenta que su suéter ya no estaba.

–¡Esto es suficiente! –dijo en voz alta mientras colapsaba en su silla con las hojas y la bolsa aún firmemente empuñadas.

Rápidamente comenzó a repartir siete puñitos más de tabaco por su cubículo: a la par del teclado, sobre el monitor, sobre la impresora y en cuanta superficie fuera posible.

En medio de la faena sintió algo extraño en sus pies. De un tirón los saco debajo del escritorio y quedó boquiabierto al darse cuenta que sus zapatos ya no estaban.  Miró anonadado sus medias grises mientras la ira invadía sus sentidos.

Empujó la silla y cayó de rodillas para buscar los mocasines bajo del escritorio, difícil empresa con la bolsa y las hojas aún en sus manos. Cuando volvió a ponerse de pie su colección de lápices ya no estaban al lado de la impresora.

–¡No más! ¡No más! ¡Los voy a agarrar bichos del demonio! ¡Van a ver! –vociferó a la nada.

Con la bolsa y las hojas en una sola mano comenzó a luchar con el botón de sus pantalones. Se los quitó a patadas y se los puso sobre la cabeza

–¡Quiero ver que me quiten esto sin que los vea! –gritaba fuera de sí–, ¡Vengan,  los reto a que me quiten esto sin que los vea! –decía mientras señalaba los pantalones arriba de sus orejas.

Y así, con los pantalones de sombrero, sin zapatos y sosteniendo la bolsa plástica junto con las hojas, comenzó a correr por toda la oficina dejando pequeños montículos de tabaco a su paso.

Al final a Marcos lo sacaron pataleando, entre tres guardas de seguridad, hacia la patrulla al frente del edificio. Iba mordiendo, aruñando y gritando cosas sin sentido mientras lo llevaban a rastras.

***

– ¿Y a ese que le pasó? –preguntó Carolina a su amiga de Servicio al Cliente.

–Parece que se volvió loco. Ahora estaba oyendo arriba que tiene meses intentando convencer a todos en Soporte Técnico de que los duendes le robaban las cosas.

–Ya te he dicho mujer. Todos los que trabajan en Soporte Técnico están locos.

***

Las luces del piso se encontraban apagadas. Solo quedaban unos cuantos adormilados muchachos repartidos entre el mar de cubículos.  Las muchachas de limpieza habían tenido un día agitado, entre chismear sobre lo ocurrido y limpiar pocos de tabaco de la alfombra habían terminado menos de dos horas atrás.

Sólo el escritorio de Marcos quedaba, nadie se había atrevido a tocarlo.  Les parecía de mal gusto botar las cosas de su compañero loco, el pobre pasaría algún tiempo en el ala psiquiátrica del Calderon Guardia. Quedó como trofeo al primer loco oficial de Soporte Técnico.

Eran las tres de la mañana cuando Geow-lud, el duende, terminó de recoger el tabaco del escritorio de Marcos. Durante meses Marcos le había estado dejando regalos para que se fuera, pero siempre se había equivocado con respecto cómo lograrlo.

Riéndose, Geow-lud mejor conocido como diablo rojo, recordó cuando Marcos le dejó leche en una taza bajo el escritorio. Un insulto, ¡ni que fuera irlandés!

No, él era algo menos folclórico y más real. Oriundo de Hawái llegó tan lejos gracias a los aviones y a las maletas. Sonrió para sí, entretenido porque la gente de esta tierra olvidó muy fácilmente a su gente, la “gente pequeña”.

.FIN.

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